Yo pensaba que la literatura de viajes había muerto.

¿Por qué leer un libro si internet te permite viajar a cualquier parte?

Desde el sofá de casa puedes consultar la wikipedia, adentrarte en google maps o ver el paisaje a vista de dron.

Bueno, básicamente porque el ojo del escritor ve más que el del lector. 

Es lo que pasa con “Asombro y desencanto” de Jorge Bustos (Madrid, 1982).

Les sonará el nombre porque -además de jefe de opinión de El Mundo- es colaborador de la Cope, Telecinco y La Sexta. 

Medios tan dispares son, sin duda, una garantía.

Aunque para los que somos de la generación de Kennedy, haber nacido el año del la victoria del PSOE es casi insultante.

Por mucho que los 40 sean ya época de la madurez.

La obra (Libros del Asteroide, 169 páginas, 18 euros) recoge dos viajes que hizo al autor y que fueron publicados antes en las páginas del periódico.

Uno a La Mancha en agosto del 2015 tras las huellas de otro similar de Azorín cien años antes y, desde luego, de Cervantes.

La Mancha es un territorio tan mítico como Macondo, Yoknapatawpha o para mí, Galitzia.

Me refiero a la Galitzia en los confines del Imperio Austro-Húngaro, no a la Galicia española.

Lo bueno es que aprovecha para dar pinzeladas de actualidad como cuando le informan que un retablo policromado “se quemó” durante la Guerra. Sólo, claro.

En lenguaje coloquial lo llamaríamos zascas.

“Ya sabemos que no las quemó Franco: señora, puede usted decir quién fue, que no vamos a reabrir un debate cainita ahora por eso”, se aventura a explicar el autor.

El otro es a Francia en diciembre del 2019. 

Yo, que vivo a trescientos y pico de kilómetros de la frontera, me sorprende que diga -nada más empezar- que “me dirijo a Francia porque no la conozco y no se debe vivir sin conocer Francia”.

Como si fuera una obligación.

Pero tiene parte de razón aunque Madrid esté más lejos.

No en vano Rusiñol, Utrillo, Picasso, Miró o Josep Pla -del que hablaremos luego- pasaron por París.

París era la Meca cultural.

Por eso me gustan esas frases afiladas como el cincel: “Un francés ha amado siempre su patria (…) la ha amado más que otros aman a sus países”.

“España ha dado novelistas excepcionales pero no una novelítica excepcional”.

“Francia nunca dejará de ser católica, sobre todo cuando blasfema”.

Por citar sólo tres a poca distancia una detrás de la otra.

Sin olvidar, tampoco, las indirectas sobre la realidad:

“Imaginar aquí a un chaleco amarillo enfurecido es una aporía”.

O “es inconcebible, si lo piensas, que Francia no tenga rey. Pero más inconcebible es que lo tenga España”.

El recorrido, en este caso, es de sur a Norte: Burdeos, Bretaña, Normandía, París y luego el descenso.

No les cito más para que tengan ocasión de leer el libro.

Aunque he de confesar que en reseña tan favorable influye también el hecho de que el autor cite a Pla once veces.

Me ha llegado al alma.

En la época actual son malos tiempos para Pla y para la cordura en la Catalunya actual.

Razón de más.

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