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La víspera de Reyes no pude mas y me acerqué hasta la Librería Alibri, la antigua Herder de mi juventud. Seguía ahí, en la sección de historia -ahora hay que bajar una escaleras- el Diccionario de Batallas de la Historia de Roma (753 a.C.-476 d.C)

Un tocho de 948 páginas escrito por Julio Rodríguez González y editado por Almena Ediciones (Madrid). Ya le había echado el ojo en varias ocasiones pero confieso que el precio -80 euros- había enfriado mi decisión.

Por eso el día de autos no pude más y, encomendándome a Oscard Wilde, sucumbí a la tentación. Los augurios eran buenos: Lucía en Barcelona un sol espléndido, la temperatura era de diez grados en pleno mes de Enero, la humedad del 56% y la visibilidad de 9,7 kilómetros. Apenas soplaba viento. Hasta algun turista se había aventurado por las calles en manga corta.

Fue, sin duda, el mejor regalo de Reyes: más de 2,5 quilos -dos quilos y 696 gramos para ser exactos- con las 3.503 batallas romanas. Imagínense poder pasar por Cannas o por Teutoburgo sin un rasguño.

O entender finalmente la batalla de Carras. Cuando uno de los miembros del primer triunvirato, Craso -abrumado por los éxitos militares de César y Pompeyo-, pagó de su bolsillo la expedición contra los partos. Los resultados fueron catastróficos: 20.000 muertos y 10.000 prisioneros. Las águilas de las legiones derrotadas no fueron devueltas hasta la época de Augusto.

La obra, en efecto, incluye no sólo una descripción pormenorizada de los hechos sino también la bibliografía -las fuentes- con precisión anglosajona. Así sabemos que sólo en Cannas perecieron dos cuestores, veintinueve tribunos, varios exmagistrados y unos ochenta senadores que se habían enrolado en la campaña pensando que sería un paseo militar. En algunos casos da hasta el nombre de los fallecidos. Y en si la localización exacta es desconocida advierte que el lugar no está identificado (“Locus Incertus”).

En fin, de la historia de Roma siempre me ha llamado la atención un misterio. Dos, en realidad: ¿Cómo es que el Imperio Romano de Occidente vence en la batalla de los Campos Catalaúnicos (451) y en cambio desaparece poco después (476) mientras que le de Oriente es derrotado en Adrianópolis (378) y en cambio duró mil años. El británico Bryan Ward-Perkins, uno de los expertos en materia, cree que fue simplemente cuestión de suerte (1).

El misterio seguirá ahí pero ahora podremos adentrarnos un poco más en la historia del Imperio romano de Occident. La historia, aunque ahora sea políticamente incorrecto decirlo, está llena de batallas. La historia la hacen personas de carne y hueso. Hombres y mujeres.

Por eso, Julio Rodríguez González parece dispuesto a emular a Edward Gibbon (1737-1794), el autor de la monumental “The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-1788) que todavía se pone como referente no sólo de este período sino de toda la historiografia. Lo cierto es que tiene otras obras la Historia de las Legiones Romanas, La resistencia de Hispania contra Roma, La dinastía de los Severos o La conquista de Italia por Roma que lo convierten en un verdadero experto.

La gente cree que el prestigio de un país se basa en su crecimiento econónomico, el número de multinacionales o el poder de sus fuezas armadas. No es verdad, los países para avanzar necesitan contar con buenos historiadores. Por eso los norteamaricanos van primeros. A ver si un día los atrapamos./ Xavier Rius

 

(1) Bryan Ward-Perkins: “La caída de Roma y el fin de la civilización”, Espasa, Madrid 2007, pàg. 94

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