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Monográficos · 21 de Mayo de 2019. 18:26h.

El tiempo de los voluntarios

Alma, la red social social es una nueva manera de hablar de lo social. Con actitud y optimismo. Desde la diversidad. Y a partir de las historias de la Obra Social “la Caixa”. Alma quiere ser también un punto de encuentro de las infinitas realidades sociales de nuestro mundo.

Para Clara Lago, el voluntariado es sinónimo de felicidad y bienestar. La actriz española apoya proyectos que trabajan “por las personas, los animales y el medio ambiente” desde la Fundación Ochotumbao, y destaca la importancia de que una gran fundación como la Obra Social ”la Caixa” fomente el voluntariado entre sus trabajadores a través de la red de Voluntarios de ”la Caixa”.

 

Estamos en la era de la inmediatez. Una era en la que miramos más nuestra nariz que a quienes nos rodean. Vivimos en tal momento de estrés y frenesí, que hasta en el metro o el taxi vamos mirando el móvil porque tenemos que aprovechar cada segundo para hacer siete cosas a la vez. En una sociedad así, el tiempo es lo que más cuesta dar. Y, a la vez, el regalo más preciado.

En esta sociedad en la que parece que las horas nunca llegan para todo, el trabajo de los voluntarios es fundamental. De hecho, creo que invertir una tarde de tu tiempo libre acompañando a alguien que lo necesita es igual o más trascendente que el donativo que puedas aportar a una ONG. Porque ese tiempo compartido da vida y energía a quien lo recibe.

En este sentido, es increíblemente positivo que una gran fundación como es la Obra Social ”la Caixa” fomente el voluntariado entre sus trabajadores a través de la red de Voluntarios de ”la Caixa”. Al tener la capacidad de llegar a tantísima gente, es clave todo lo que hacen para potenciar y rescatar valores como la solidaridad, la empatía y la hermandad; valores que tanto necesitamos y que, en este mundo tan loco, a veces parece que estamos perdiendo.

«Todo el mundo tiene derecho a vivir aventuras.»

Estos voluntarios hacen posible actividades tan bonitas como Aviación adaptada, gracias a la cual colectivos con discapacidad o personas mayores con movilidad reducida pueden vivir aventuras como un vuelo en avioneta. Porque así como hay iniciativas que se ocupan de la supervivencia, es necesario que otras se ocupen del disfrute: pasarlo bien debe formar parte de la vida y tener una discapacidad no debería ser un impedimento para ver cumplido un pequeño sueño como ese.

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Quiero pensar que los que pretendemos aportar luz somos mayoría. Siempre digo que la solidaridad es algo que tenemos todos dentro, aunque la empatía no a todos se nos despierte en el mismo momento o por las mismas causas. Hay quien hace un viaje que le cambia la manera de ver el mundo, quien descubre por casualidad un documental que le lleva a pasar a la acción o, en ocasiones, es una persona que se cruza en tu camino quien te abre los ojos.

En mi caso, esta persona fue Dani Rovira. Él llevaba tiempo haciendo el espectáculo benéfico Improviciados en Málaga. Y yo vi en esta iniciativa la manera de canalizar esa inquietud solidaria que siempre había intuido en mi interior, pero que no había sabido aprovechar. Con el tiempo, surgieron oportunidades para llevar la función a otras ciudades y ambos teníamos claro que queríamos seguir donando lo recaudado a causas sociales. Así fue cómo creamos Ochotumbao, una fundación en la que colaboramos con varias asociaciones y proyectos dedicados al medioambiente, los animales y las personas.

«La solidaridad te llena de una manera que muy pocas cosas te dan.»

Donde hay personas pasándolo mal, casi siempre hay también gente que lo da todo para ayudarles a mejorar su situación. Ver y comprobar eso en primera persona te hace volver a confiar en el género humano. Cuando viajamos a Bangladesh junto a Save The Children para dar visibilidad a la crisis humanitaria del campo de refugiados rohingya —una etnia musulmana que fue obligada a huir de su país de origen—, eran las propias víctimas del genocidio quienes te hacían recuperar la esperanza. Yo esperaba encontrarme con el sitio más triste del planeta y resultó ser todo lo contrario. Era un pueblo lleno de luz que me hizo replantear muchas cosas: si ellos, que habían vivido experiencias terribles, eran capaces de transmitir esa energía positiva, ¿quizá era verdad que la luz en el ser humano aún existía?

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Si algo me ha enseñado el hecho de conocer e involucrarme en proyectos de voluntariado es que la solidaridad te llena de una manera que muy pocas cosas te dan. Es un espacio que no se puede llenar con amigos ni familiares, ni mucho menos con bienes materiales. Los seres humanos somos animales sociales. Ahora parece que podemos vivir durante años en el mismo edificio sin conocer el nombre de nuestros vecinos. Pero el hecho de regalar parte de tu tiempo y de tu vida a un completo desconocido, sin esperar nada a cambio, te reconecta con un sentido de comunidad que te llena de bienestar y de felicidad; sobre todo al ver lo poco que te cuesta a ti y lo mucho que suma.

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