Rincón de lectura · 30 de Enero de 2017. 07:26h.

La política, por otros medios

Que en un país como éste en el que la últimas gestas militares han sido una guerra civil, el desastre del 98 y una retirada a trompicones del Sáhara en plena dictadura es casi una hazaña que exista una editorial de historia militar como ediciones Platea que llevan ya cinco años al pie del cañón. Nunca mejor dicho.

Y, desde luego, les mueve sólo el placer de la historia. Son capaces de publicar tanto las memorias del general Raus -al que Manstein le encargó intentar liberar Stalingrado desde el sur- a las de George Patton, que cuando llegó al Rhin echó una meadita desafiante mirando hacia la otra orilla, todavía en poder de los alemanes.

Uno de los autores más precisos de la editorial es el norteamericano Robert M. Citino, profesor de historia en la la University of North Texas. Autor de “La Wehrmacht se retira. Luchando una guerra perdida, 1943”. Felizmente fue el año del principio del fin del III Reich tras El Alamein y Stalingrado: las derrotas de Túnez, de Sicilia, de Kursk. Ya no habría vuelta atrás.

Citino, que es autor de media docena de libros, describe las batallas con la precisión del Estado Mayor alemán. Se sabe hasta el nombre del general que mandaba un panzerkorps o hasta una panzerdivision. En las páginas dedicadas a la batalla de Kursk, por ejemplo, pone alemanes y soviéticos frente a frente, pero luego te cuenta también los errores y como unos se atascaron contra las defensas de los otros.

De hecho, el señor Citino no lo sabe pero ha escrito un manual de liderazgo. Si Clausewitz decía que la guerra es la continuación de la política por otros medios convendremos que la política es como la guerra pero sin sangre. No se asusten, es como el futbol donde 22 -25 si contamos al árbitro y los liniers- persiguen el poder en forma de pelota para darle una paliza al rival.

¿Por qué los norteamericanos, en efecto, se sobrepusieron a la derrota del paso de Kasserine?. Muy sencillo porque hasta entonces habían sido mandados por un inútil, el general Fredendall, que se hizo construir un búnker a 160 kilómetros del frente.

Eisenhower decidió mandar entonces a dos de sus mejores generales:  el ya mencionado George Patton y Omar Bradley, que demostraron que no había nada de malo en las tropas americanas que “un sólido liderazgo no pudiera arreglar” (pàg. 164). Pues eso.

El autor utiliza, en el resto de capítulos, la misma rigurosidad. Así asistimos a la desbandada de los italianos en Sicilia o los titubeos de Hitler con Kursk -por suerte no hizo caso a Manstein y retrasó la operación un par de meses- como si estuvieramos en la temida Guarida del Lobo, la Wolfsschanze, en Prusia Oriental.

Sólo los autores anglosajones como Robert M. Citino -y algunos germanos- son capaces de hacer un libro de historia de 400 páginas -en su versió en castellano- en la que hay más de 700 notas a pie de páginas. Y me ahorro la biliografía para no tener que contarla. Citino lo sabe todo. / Xavier Rius

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